
Su soledad la acompañaba hace un tiempo. Llegó a su departamento, introdujo la llave en la cerradura y encendió la luz para contemplar la cocina vacía, la sala desierta y oscura. Se sacó los zapatos y se dejó caer en un sillón raído. Encendió un cigarrillo, se quedó inmóvil, pensando con los ojos entornados. Apagó el cigarrillo. Se sirvió una copa de vino. Se recogió el pelo en una cola, desparramó el contenido de su cartera y extrajo una foto ajada de uno de sus bolsillos. La contempló serena. Intentó hablar con ella. La miró de cerca y se sintió transportada a la escena que retrataba. Era un día de sol. Habían caminado por la playa desde el amanecer. Sentía el olor de la sal en su piel. A su lado se recostaba él, con su cabello despeinado y sus mejillas sonrosadas. Sintió el contacto con las sábanas, el perfume de su risa... El timbre del teléfono la trajo de vuelta a la realidad. Se sobresaltó y derramó su copa de vino sobre su falda gris. Luego de cuatro repiques se cortó la llamada. Se dirigió al baño, se lavó la cara y se dispuso a preparar la cena. Estaba ya cansada de comer sola. Todas sus noches eran un calco la una de la otra. Encendió el televisor y escuchó las noticias. Lavó los platos. Secó los platos. Se desvistió y se metió en la cama. De nuevo, prendió un cigarrillo y apagó la luz. Jamás olvidaría aquel momento en que sus sueños se habían despedazado en trozos infinitos. Supo en aquel instante que le sería difícil, sino imposible, reconstruir su corazón marchito. Lo vio en el recuerdo, borroso y fantasmal, mientras se alejaba por el sendero iluminado por la luz de las farolas. Se vio a si misma gritando su nombre, intentando en vano retenerlo, llorando ese adiós desgarrador y cruel. El no volteó a mirarla, no acudió a su llamado. Simplemente se marchó, impasible y distante. Ahora ella se acurrucaba en las sábanas frías, sola; sola como lo estaba desde hace ya un tiempo. Se preguntaba si en algún momento todo eso acabaría, si ese hastío llegaría a su fin, si él volvería, si siquiera se acordaría de ella, si sentiría esa inmensa desolación que ella experimentaba casi todo el tiempo…
Entonces lloró, como todas las noches. Lloró hasta que la venció el sueño. Y soñó con él...
Entonces lloró, como todas las noches. Lloró hasta que la venció el sueño. Y soñó con él...

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